Hipódromo Tor di Valle
FUNCIÓN
Tor di Valle, Roma
Julio Lafuente 1959
Proyecto realizado
41.8224257, 12.4313635

El hipódromo de Tor di Valle, proyectado en 1959 por el arquitecto Julio Lafuente en las afueras de Roma, constituye una de las obras más significativas de la arquitectura moderna italiana de posguerra y, al mismo tiempo, una pieza central dentro de la trayectoria profesional y conceptual de su autor. Concebido como una gran infraestructura destinada al espectáculo deportivo de las carreras de caballos, el edificio se inscribe en una tradición arquitectónica en la que la estructura no solo resuelve exigencias técnicas, sino que asume de manera explícita la responsabilidad de la expresión formal, configurándose como una auténtica “arquitectura estructural”.

El proyecto surge en el contexto del denominado milagro económico italiano, un periodo de intensa transformación social, industrial y urbana a finales de la década de 1950. En este escenario, la arquitectura se ve impulsada a responder a nuevas demandas colectivas mediante soluciones técnicas avanzadas y lenguajes formales alejados de la tradición monumental. Tal como señala Reyner Banham, la modernidad de posguerra encuentra en las grandes infraestructuras el terreno privilegiado para “hacer visible la lógica técnica de la sociedad industrial”. El hipódromo de Tor di Valle responde plenamente a esta lógica: no se presenta como un objeto representativo en sentido clásico, sino como una máquina espacial optimizada para el uso, el movimiento y la visión.

Dentro de la obra de Julio Lafuente, Tor di Valle ocupa una posición de madurez y síntesis. En este proyecto convergen sus intereses por la claridad estructural, la repetición modular, la relación entre arquitectura y paisaje y la capacidad del hormigón armado para articular forma, espacio y función. A diferencia de otros trabajos de menor escala, aquí la arquitectura se concibe como un sistema total, donde cada componente —estructura, circulación, cubierta y graderío— responde a una lógica unitaria. Esta concepción coincide con lo que Kenneth Frampton ha definido como “tectónica moderna”, es decir, una arquitectura en la que la forma surge directamente del modo de construir y de la articulación de los elementos portantes.

El rasgo más característico del hipódromo es la gran cubierta de las tribunas, resuelta mediante una potente estructura de hormigón armado organizada a partir de una geometría en rombo. Esta geometría no tiene un carácter ornamental, sino que constituye el principio ordenador del proyecto. El rombo permite una distribución eficiente de esfuerzos, una repetición modular clara y una lectura continua del sistema estructural, reforzando la percepción de un edificio concebido como un todo coherente. Al mismo tiempo, introduce una tensión visual dinámica que acompaña el movimiento del público y dialoga con la velocidad y el ritmo inherentes a las carreras de caballos. La funcionalidad del edificio se manifiesta de manera ejemplar en la organización de las tribunas y de los recorridos. La arquitectura está pensada desde la experiencia del espectador: visibilidad óptima hacia la pista, protección climática mediante grandes vuelos y una circulación fluida capaz de absorber grandes concentraciones de público. En este sentido, la función no se limita a un requisito técnico, sino que actúa como generadora directa de la forma arquitectónica. Un elemento especialmente significativo en este sistema son las escaleras en forma de Y, integradas en la trama estructural del edificio. Estas piezas permiten distribuir los flujos de personas de manera eficaz, bifurcando los recorridos y adaptándose a la geometría romboidal del conjunto. Desde el punto de vista técnico, se trata de soluciones altamente racionales; desde el punto de vista arquitectónico, adquieren una presencia casi escultórica. Las escaleras no son añadidos secundarios, sino componentes esenciales del orden estructural y espacial del hipódromo, ejemplificando cómo la circulación puede convertirse en arquitectura.

La relevancia conceptual de estas escaleras se ve reforzada por un gesto revelador del propio Lafuente. En dos fotografías de sección de dichas escaleras, el arquitecto intervino manualmente añadiendo, a bolígrafo, crines y colas, transformando las formas abstractas en representaciones figurativas de caballos. Este acto, aparentemente anecdótico, posee una profunda carga teórica. Pone de manifiesto la capacidad de la arquitectura moderna para albergar significados simbólicos sin renunciar a la abstracción ni al rigor funcional. Las escaleras, concebidas como dispositivos de tránsito, se reinterpretan como cuerpos en tensión, estableciendo una metáfora directa entre la estructura arquitectónica y el espectáculo que el edificio acoge.

Esta dimensión simbólica no contradice la lógica moderna del proyecto, sino que la complementa. Tal como señala Kenneth Frampton, la buena arquitectura moderna es aquella capaz de “mantener un equilibrio entre abstracción y significación”. En Tor di Valle, la abstracción estructural del hormigón armado se abre a una lectura figurativa posterior, revelando una sensibilidad artística que trasciende el mero cálculo.

El papel del hormigón armado resulta, por tanto, fundamental. En Tor di Valle, este material permite resolver grandes luces, integrar estructura y forma, y prescindir de cualquier revestimiento superfluo. Su plasticidad posibilita una relación directa entre cálculo, construcción y expresión arquitectónica, reforzando una ética de la honestidad constructiva característica de la modernidad. Como subraya Banham, el hormigón armado no es solo un medio técnico, sino “un lenguaje capaz de expresar la lógica de su propio proceso constructivo”.